26 septiembre, 2020

Cómo fue la primera jornada del Cosquín Rock online

Un recurso frente a la pandemia

La transmisión de shows desde el Luna Park, La Trastienda, Vorterix y el Roxy dejó momentos intensos aún en la virtualidad. Por Mario Yannoulas

Ciro salta, mirando de frente a una cámara. Está en el Luna Park, pero no sobre el escenario. Salta en el centro, justo donde iría el cuadrilátero. Va al estribillo de “Tan Solo”, le da la espalda a la cámara, y dibuja la soledad en las butacas vacías del súper pullman. Algo de lo que pudo verse desde las pantallas personalizadas este sábado, en la jornada inicial de la primera edición online del Cosquín Rock. Un festival tradicional que, en la celebración de su veintena de años, tuvo que reinventar su formato por obra y gracia de la pandemia, y ofrecer un evento ciento por ciento digital.

¿Un intento de “nueva normalidad” en materia de conciertos? Probablemente. Amparada en el protocolo aprobado en junio por el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, esta novedosa entrega se propuso dejar de lado el ya conocido formato “desde casa” -al menos, para los artistas-, moneda corriente en otros festivales pensados para hacer frente de alguna forma a la crisis desatada por el coronavirus. Ya no se trató de músicos haciendo lo que podían con lo que tenían a mano: en el Cosquín el traslado al escenario fue real; el público sí se quedó en casa, conectado desde algún dispositivo.

Las puertas del predio virtual se abrieron media hora antes del inicio, a las 16.30. Para ingresar era necesario haber comprado un ticket, que iba desde los 600 pesos -entrada básica para un día- hasta los 6000 -abono vip-. Con un código único era posible visualizar el mapa del predio, donde además de algunos puestos de comida y bebida -básicamente, links a una plataforma de delivery online-, y la posibilidad de un meet & greet digital en caso de haberlo contratado, destacaban cuatro escenarios, emplazados en sitios reales de la ciudad: el Luna Park, La Trastienda, El Teatro Vorterix y El Teatro Roxy. Desde esos puntos los artistas dieron sus espectáculos.

“Desde acá parece la NASA esto, todo lleno de lucecitas”, contó Radagast, al frente de Soy Rada & Los Coli, en Vorterix. El usuario podía navegar el mapa y tocar en el escenario que quisiera visitar, en cualquier momento. Incluso, en muchos casos, podía elegir qué cámara ver dentro de cada escenario. A un costado de la pantalla, era posible participar de encuestas, o chatear con el resto del público. Detrás de cámaras, mamelucos blancos y mucho desinfectante para el personal.

En cuanto a la propuesta musical, a lo largo de sus veinte ediciones locales -también sumó en otros países, como Colombia, México y Estados Unidos-, el Cosquín tuvo que reconvertirse para no quedar atrás. A la fuerte apuesta estructural se acopló, al menos en la primera fecha, una sobria selección de artistas, en la senda más clásica del Cosquín, que acapara a rock y aledaños. No hubo, como en su edición presencial de febrero de este año, espacio para el trap ni el rap.

Sí se mantuvo la tendencia de este 2020 en cuanto a la incorporación de artistas mujeres. Un tema que había generado revuelo el año anterior, en torno a declaraciones de su creador y productor general, José Palazzo, sobre la dificultad de cumplir con el cupo femenino en las grillas. Julieta Rada, que sigue presentando Bosque, dio muestras de sutileza y potencia vocal entre el jazz, el funk, el soul y el r&b.

El festival serrano se presenta desde siempre como el más federal del país, pero a ese territorio le anexa también una cantidad considerable de artistas extranjeros. En este caso, desde su lugar de origen, claro. Entonces convivieron consagrados como Julieta Venegas -un set corto, sola, primero con piano, luego con cavaquiño- y la murga uruguaya Agarrate Catalina, con posibilidades de sorpresa para el gran público, como Toques del Río, aportando algo de son desde una linda terraza en La Habana, Cuba, o Los Bolitas, desde La Paz, Bolivia, con influencia directa de Los Auténticos Decadentes.

En El Teatro Roxy, Darío Sztajnszrajber abordaba el recorrido del concepto “deconstrucción”, desde el escritorio de Derrida hasta la mesa de Mirtha Legrand. Y ante esta suerte de híbrido entre ensayo general y concierto, era posible preguntarse por la deconstrucción de los shows tal como los conocíamos. ¿Vale la pena intentar emular un encuentro presencial? ¿O es mejor buscar los beneficios de la tecnología? ¿Dejar en pie la cuarta pared levantada por las cámaras, o intentar atravesarla?

Ciro y Los Persas es un grupo pensado para afrontar multitudes. No obstante, se vio el trabajo por intentar adaptarse a la nueva realidad, algo vacía, distante. Videos de fanáticos ilustraron la pantalla de fondo, algunas animaciones decoraron la performance, y tanto el frontman como la banda se encargaron de ocupar espacios. Así cerró “Muévelo”, con todo el grupo, excepto el baterista, tocando desde el campo del Luna Park.

Pero quien mejor pareció exprimir el contexto fue Louta. Con 2030, su disco cavernoso de cuarentena todavía fresco y sin presentar oficialmente, Jaime James y su banda ejecutaron un concierto íntimo y muy personal, sin dejar afuera a los espectadores. El cantante buscó con frecuencia los primeros planos, el director de cámaras se entusiasmó, y le sacó el jugo a su capacidad performática. Así se despidió, hablándole en portugués a la lente, como preludio al mashup “Caracolito/Palmeras”.

Fue difícil encontrar momentos en los que no pasara nada en ningún escenario. Pero, como es lógico para un evento que requiere de muchos elementos técnicos para salir redondo, y que todavía está por explorarse, puede fallar. La transmisión desde Vorterix por momentos lo hizo, tapando la posibilidad de ver con propiedad los sets de A.N.I.M.A.L., Los Tipitos, o Attaque 77.

Por otra parte, a diferencia de un concierto tradicional, se suman mediadores entre artista y audiencia, por lo que la calidad de la experiencia depende también de las prestaciones de internet que recibe cada usuario. Más allá de esas complicaciones, la primera jornada del Cosquín “digital e interactivo” dejó una buena impresión en cuanto a formato, y la posibilidad de pensar en una nueva forma de hacer música en vivo. Queda preguntarse, también, sobre las posibilidades de aquellos que no cuentan con estructuras ni recursos como para hacerlo de esta forma. Pero ese, claro, no es un tema nuevo. (Pagina12)