19 julio, 2024

Gobernabilidad, la cualidad que cotizará en alza para octubre

El inesperado resultado de las PASO, que las encuestas no vieron venir, modificó sustancialmente el tablero político. Méritos y carencias de los protagonistas y las expectativas para lo que viene.

Por José Angel Di Mauro

El fenómeno Milei vivió su tiempo de apogeo durante el último verano, alentado por apariciones constantes en los medios, que apelaban a él atentos a que era una figura que claramente generaba raiting, pero sobre todo en las redes sociales. Fue hace cinco meses cuando un político de Juntos por el Cambio advirtió a quien esto escribe que tenía sondeos que planteaban un escenario de tres tercios. Lo hizo con tono de preocupación, a sabiendas de que al escenario de la contienda se había sumado un tercero en discordia capaz de arrebatar votos a diestra y siniestra -esa fue siempre una de las características salientes de este fenómeno-, pero sobre todo a la principal oposición.

El diálogo concluyó cuando este importante dirigente provincial -integrante de la Mesa Nacional de Juntos por el Cambio- sugirió la posibilidad de que ese voto de protesta que estaban viendo en crecimiento tuviera un vuelo corto y se fuera desinflando a medida de que se acercara una elección para la que todavía faltaba mucho. “Votar a Milei hoy es gratis”, concluyó con la esperanza de que a la hora de la verdad se apelara realmente al voto útil.

Hoy la gran esperanza en Juntos por el Cambio es que la del domingo pasado haya sido una expresión de protesta -la feta de salame en el sobre- y que en las elecciones generales “prevalezca el raciocinio” y se piense en la capacidad para gobernar.

Juntos por el Cambio necesita que en los dos meses y 9 días que restan hasta el 22 de octubre se reviva lo que el macrismo evoca como una suerte de epopeya: la gran remontada que en 2019 le permitió a JxC escalar desde el 32,93% alcanzado el 11 de agosto por la fórmula Mauricio Macri – Miguel Pichetto, al 40,28% del 27 de octubre. Esto es, 2.689.656 votos más conseguidos en esos dos meses y pico.

Tienen que convencer en ese tiempo al electorado de que ellos son la única oposición seria y con capacidad de mostrar gobernabilidad. Parten de un dato no menor, aunque difícil de entender para el ciudadano común, como es la necesidad de tener número en ambas cámaras que le garanticen al gobierno el avance de las leyes. Fue una carencia de la que adoleció Mauricio Macri durante sus cuatro años de gestión, pero tuvo cómo revertir esa condición adversa. Por eso suenan tan injustos los reproches que alguna vez se le escucharon al expresidente o a Elisa Carrió dirigidos a Emilio Monzó y Rogelio Frigerio, hombres clave para darle gobernabilidad a la gestión macrista con un Congreso en minoría. Sobre todo en los dos primeros años.

A Macri le tocó ser el primer gobierno en cien años en tener que atravesar toda su gestión con minoría en ambas cámaras. Así y todo se las arregló para aprobar las leyes que necesitó, y fue el primer presidente no peronista en terminar su mandato en 94 años. Lo consiguió porque los números iniciales se modificaron prontamente en la Cámara baja por una ruptura del bloque kirchnerista, y porque en el Senado pudo acordar gobernabilidad con el jefe de la bancada opositora, Miguel Pichetto, cuando aquel ni pensaba en que sobre el final terminaría sumándose a JxC.

Si Javier Milei llegara al gobierno -y el domingo probó que puede conseguirlo- podría recrear en ambas cámaras bancadas respetables, pero insuficientes. En Diputados, en caso de repetir los resultados de las primarias, podría llegar a tener 41 legisladores. Prácticamente un tercio de los 130 diputados que se eligen. Y en la Cámara alta, alcanzaría 8 senadores, algo inédito para una sola elección de una fuerza debutante. Pero en ambos casos resultan números insuficientes para gobernar.

El gobierno de Macri arrancó en 2015 con más del doble de diputados: 87; y en el Senado estaba peor. Cambiemos tenía apenas 15 senadores -10 radicales, 4 del Pro y uno del Frente Cívico de Luis Juez-. Casi el doble de lo que podría contar Milei, que tampoco tendrá gobernadores.

Los analistas reconocen que el líder libertario hizo de sus carencias una virtud. La falta de legisladores propios, por citar un ejemplo, le permitió mostrarse ajeno a la casta. Puede ser ese un buen argumento electoral, pero lejos está de ser un atributo de gobernabilidad.

El sueño trunco de Larreta

Gobernabilidad era lo que pensaba que podía mostrar Horacio Rodríguez Larreta con sus 8 años de gestión al frente de la Ciudad de Buenos Aires, más otros 8 como jefe de Gabinete de Macri. En esos días del final de la campaña electoral, cuando el jefe de Gobierno porteño creyó que estaba recortándole la ventaja a Patricia Bullrich al  punto tal de -tal vez- revertir la tendencia que marcaban las encuestas desde hacía tiempo, Larreta creyó que le sumaba apilar dirigentes de peso a su alrededor.

Se sintió vencedor cuando se mostró en Córdoba fotografiado junto a los gobernadores electos y demás dirigentes de peso de Juntos por el Cambio. Pero ya lo había dicho Patricia Bullrich cuando la consultaron sobre el apoyo de María Eugenia Vidal y Facundo Manes a su rival: “Son dos votos”, resumió la exministra de Seguridad, y a la postre se probaría que estaba en lo cierto. Los apoyos no necesariamente son capaces de trasladar con su respaldo los votos que ellos sí pueden llegar a tener. Lo decía días pasados Carlos Fara: “Dirigentes territoriales no son votos”, aunque aclaraba que si le daban a elegir como consultor, prefería tenerlos de su lado. Y sugería sino preguntarle a Carolina Losada qué pensaba del triunfo de Maxi Pullaro en la primaria santafesina, o a Rodrigo de Loredo sobre la victoria de Daniel Passerini con el apoyo de Martín Llaryora en la ciudad de Córdoba.

A Larreta lo impactó -para bien de sus expectativas- lo que pasó en la interna santafesina, donde el aparato radical prevaleció sobre la más inexperta Losada, apoyada por Bullrich. Allí ganó Pullaro por amplio margen y contra todas las encuestas que anticipaban un resultado apretado, y eso entusiasmó al alcalde porteño, con infinita mayor estructura que su rival. Pero ya se sabe lo que sucedió.

La ganadora de la interna tiene por delante en primer lugar la tarea de mantener de su lado el voto que obtuvo Larreta el 13 de agosto. El primer paso lo dieron ambos cuando cumplieron el domingo lo pactado previamente respecto de vencedores y vencidos, y se mostraron juntos en el escenario de Parque Norte. Por las mismas razones apuntadas, la ganadora no aceptó la sugerencia de Mauricio Macri de anunciar a Horacio Rodríguez Larreta como su futuro jefe de Gabinete. No cree que sumar nombres beneficie sus posibilidades.

En rigor, ella debe ir en busca del voto de Milei que le es afín y que se fue al líder libertario circunstancialmente, entiende ella. Ese es su objetivo principal para las próximas semanas. Confía en que quienes votaron a Larreta mantendrán su fidelidad a la marca JxC por el espanto que les pueda despertar la posibilidad de una presidencia de Javier Milei.

Precisamente ese electorado es el que buscará, por su parte, el tercero en discordia. Que ahora es Sergio Massa y no Milei. Subido al podio de esta elección, pero en el lugar que ni por asomo pensaba ocupar este domingo, el ministro de Economía siempre supo que hay una afinidad entre él y su amigo Rodríguez Larreta que ahora tratará de utilizar en busca de sus votos.

El candidato de UP también apelará al voto útil y buscará a los moderados que recelan del libertario, pero también de la dureza de Bullrich. Tan parecido a Larreta, Massa también cree que la suma de estructuras aporta musculatura política. Quiso demostrarlo poniendo de su lado a las centrales sindicales y movimientos sociales. Se ve que no alcanza.

Como sea, insistirá en que él garantiza gobernabilidad, un concepto que se escuchará mucho a lo largo de esta campaña que concluidas las PASO, empieza desde cero. O no tanto. Milei ya no arranca desde el llano, sino desde mucho más alto. Hoy tiene más votos que ayer, y menos que mañana. Es lo que pasa con los ganadores. Habrá que ver si en el tiempo que media hasta las elecciones generales, y luego el inexorable balotaje, se mantiene en la cresta de esta ola, en el momento justo. O si lo del domingo fue solo espuma. (Parlamentario)