6 agosto, 2020

Juan Verdaguer, el señor del humor trashumante

Por Daniel Giarone.

El padre era equilibrista, la madre acróbata. Creció en el circo, donde aprendió que al público le llega lo perdurable. Monologuista, hacedor de un humor sutil y sin estridencias, supo hacer reír más allá de las fronteras.

«Señor, señora, no tiene que sintonizar su televisor… mi cara es así», decía mirando a cámara. A uno, de sólo verlo, le daban ganas de reirse. Monologuista, hacedor de una comicidad sutil antes que estridente, Juan Verdaguer hubiera cumplido hoy 105 años.

El Señor del Humor nació el 30 de julio de 1915 en Montevideo, Uruguay. Fue el menor de cuatro hijos y creció en el seno de una familia trashumante, dedicada al arte circense. La destreza física, la actuación y la imaginación le permitieron crecer soñando con otros mundos posibles.

No había cumplido un año edad cuando su familia se mudó a Buenos Aires. Desde entonces, siguiendo el derrotero de sus padres, Verdaguer se convirtió en un trotamundos del humor.

El circo fue su primer hogar. Su padre, Lindolfo Verdaguer, era equilibrista y payaso. Su madre, Aida, acróbata. Hizo la primaria en el Pestalozi y estudió violín, instrumento del que se valdría para descubrir sus dotes histriónicas. A los 17 años debutó en el Circo Continental, que era de su familia, durante una presentación en Cruz del Eje, Córdoba.

El espíritu trashumante lo llevó de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Brasil, de Brasil a Chile, de Chile a Nueva Orleans, de Nueva Orleans a México y de allí de nuevo a Buenos Aires y a buena parte de América. Una carrera que no se detuvo hasta su muerte, en el año 2001.

Escalera al cielo


«Para hacer esta prueba no debo comer. Y para poder comer debo hacer esta prueba», decía desde la cima de una escalera de una hoja y cinco metros de altura, donde con el violín tocaba las Czardas (música tradicional romaní) o “La cumparsita”.

El número con el violín lo llevó a los grandes casinos de Brasil en los años 40 y una década más tarde a México, donde alcanzó gran popularidad en el famoso local “El Patio”. Pero entre ambas experiencias se presentó en Nueva Orleans, donde una noche su carrera cambió para siempre.

Tocaba “Me vuelves loco” cuando se le rompieron dos cuerdas y tuvo que improvisar. «Paré. Y la orquesta también paró. Y los mozos pararon de servir. Y la gente paró de comer. Miré al público y comenté muy serio: mi madre me advirtió que algún día me iba a ocurrir esto».

El desconcierto dio lugar a la carcajadas del público. «Ustedes no se reirían tanto si supieran que solamente hace tres días que estoy haciendo esta prueba», remató. Lo que dio lugar a más risas.

Verdaguer se convertía definitivamente en comediante. A tal punto que después de esa noche fue invitado a participar en el popular “Show de Ed Sullivan”, ícono de la televisión norteamericana que la cadena CBS emitió durante 24 temporadas entre 1948 y 1971.

Menudo, con cara de póquer y orejas terminadas en punta. Verdaguer se presentaba con frac o de traje, mostrando aquello que sus monólogos iban a dejar en claro: el absurdo en el que se desarrolla la cotidianidad, lo hilarante que es la vida aunque la tomemos con gesto adusto.

“No hace mucho tiempo estuvimos reunidos festejando el 101 de mi abuelo, que ya es algo que festejar. 101 años. Ahí nos reunimos todos los hermanos, primos, tíos, parientes, una fiesta lindísima. Fue una pena que él no estuviera ahí con nosotros… él murió cuando tenía treinta y siete…».

Lo perdurable y lo epidérmico

«De mis padres –recordó en una entrevista-, a través de incontables itinerarios trashumantes, aprendí que lo que llega al íntimo espíritu del público tiene un eco más perdurable y efectivo que lo epidérmicamente festivo». Ya en Buenos Aires profundizó un estilo donde la sutileza prevaleció sobre el gag procaz y efectista.

Por ese camino le dio lugar también al humor negro: «Cuando muera, quiero que me incineren y le arrojen en la cara el 50% de mis cenizas a mi representante».

Y a la nota ridícula: «Está probado que en Esatdos Unidos un hombre es atropellado cada tres minutos. No me explico el aguante de ese hombre».

También al chiste sexista, con fuerte presencia en la época: «Siempre llevo a mi mujer a todas partes. Lo malo es que ella siempre encuentra el camino de regreso». Y además: «No he discutido con ella en dieciocho meses. Es que no me gusta interrumpirla».

En el circuito teatral porteño Verdaguer se inció en el teatro de revistas, en el Maipo, pero después presentarse en el El Nacional, Tabarís, Sans Souci, de la Comedia y Astros, entre otras.

Cine y Tevé


El desembarco en la televisión se produjo a través de Goar Mestre, quien lo contrató para participar en el nuevo Canal 13. Allí protagonizó “Este loco, loco hotel”, en el que comenzaba el programa convocando a la risa a partir de las características de su rostro.

Durante dos décadas llevó su humor a la “pantalla chica” a través de ciclos como “Risas y sonrisas” y “Sabados circulares”. En los 80 reflotó el “loco hotel” de sus inicios en la Televisón Pública (en aquel entonces ATC).

Además, Verdaguer realizó distintas presentaciones en la televisión chilena, como en “Esta noche fiesta” (Canal 13) y en la Televisión Nacional de Chile. Su popularidad lo llevó a presentarse en el Festival de Viña del Mar.

También el cine tuvo a Verdaguer entre los capocómicos que se animaron a la pantalla grande. Participó en 11 filmes, compartiendo elenco con “Los cinco grandes del buen humor” (“Locuras, tiros y mambo”, 1951); con Niní Marshall (“Cleopatra era Cándida”, 1964) y con Nathán Pinzón y Alberto Olmedo (“La herencia”, 1964).

Sin embargo, su papel más recordado no tendrá que ver con el humor ni la comedia sin con la versión cinematografica de “Rosaura a las diez”, novela de Marco Denevi que en 1958 dirigió Mario Soffici.

Allí Verdaguer encarnó a un oscuro pensionista (Camilo Canegato), en un papel dramático que fue destacado tanto por el público como por la crítica. No debería sorprender: era el mismo artista que el circo de sus padres había formado en el “eco de lo perdurable”.

Risas y sonrisas


Verdaguer obtuvo numerosos reconocimientos, como el diploma al mérito que le entregó la Fundación Konex en 1981. Sin embargo, tal vez el más importante sea aquel que convirtieron su estilo y su humor como algo reconocible por el público.

Algo de esto sucedió en el programa “Orsai a la medianoche”, que Roberto Pettinato y Gonzalo Bonadeo conducían por TyC Sport a mediados de los años noventa. Allí el ex músico de Sumo contaba chistes con un títere que llamaba “El gato de Verdaguer”.

El reconocimiento incluía el uso del mismo tono y tipo de chistes que realizaba El Señor del Humor: “¿Cómo se le dice a un negro en la Corte de Justicia de los Estados Unidos?: Culpable”.

En una de las emisiones el homenaje se completó con la aparición sorpresa del propio Berdaguer, quien encaró al títere diciendo que quería conocer “al famoso gato que me copia los chistes, que me roba y que dice que se acostó conmigo ¿Cuándo se acostó conmigo usted?”.

En aquella aparición Verdaguer no sólo se ríe del personaje que lo satiriza sino que apela a la ironía para referirse a lo que ya era el tramo final de su carrera: “Mi familia me dice: cómo te viniste abajo, ahora hacés la voz de un gato, ni a un gato”.

Su última obra fue “Masters”, realizada en el Auditorio del Hotel Bauen a comienzos de 2001 junto a Mario Clavell y Carlos Garaycochea. Pocos después, el 14 de mayo de ese mismo año, fallecía de un infarto de miocardio.

Tenía 85 años y dejaba una sonrisa. Esa en la que siempre creyó y de la que llegó a decir que es “la distancia más corta que existe entre dos hombres”. (Télam).