18 octubre, 2021

La literatura argentina y las marcas de la tortura

Del “Nunca más” a las crónicas del yo en Facebook, pasando por diferentes relatos autobiográficos y ficciones, hay una huella vinculada a las violencias del pasado que emerge indefectiblemente en la lectura

Por Diego Di Vincenzo

Para 1977, Claudio María Tamburrini era arquero de Almagro, club al que había llegado después de jugar en Vélez, y estudiaba Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Tenía 23 años. Los de Filosofía no sabían que jugaba al fútbol y los de fútbol no sabían que estudiaba filosofía. Tampoco que era militante de la Federación Juvenil Comunista. Esos mundos paralelos y secretos, esas líneas sin roces distinguen una (esa) época.

Mi papá, por ejemplo, nunca habló mucho de mi tío desaparecido: por qué lo agarraron, por qué no se fue, por qué no consideraba tan graves las consecuencias de lo que podían hacerle. Lo iba tirando involuntariamente, como monedas que caen por bolsillos agujereados. Soltaba datos inconexos, fragmentarios, más bien alusivos. Nunca supe bien por qué. A lo mejor tendría sus pactos con él. Por eso, mi comprensión de los años del terror se armó como un juego de espejos entre los relatos de la infancia y lo que llegaba de afuera, pero se sabe que no siempre lo personal y subjetivo queda enteramente iluminado cuando rebota en el relato de lo colectivo.

En ese deseo por entender, que implica necesariamente armar una secuencia más o menos cronológica de los hechos, hay una clave del género policial. Creo que siempre leí así, buscando secretos (aunque, a veces, no haya ningún secreto ni tampoco un dato; haya solo fantasía), pero son enormes las posibilidades ficcionales que abren los secretos: poseen la promisión de lo que todavía no ha sido dicho, intrigan por lo que aún se puede oír o descubrir. Querer saber también me deparó durante un largo tiempo, muy largo, la obsesión por buscar más que por encontrar: horas en bibliotecas, en estantes, en anaqueles, librerías, en la web.

Creo que el pasado es un tapiz (un texto), uno de cuyos hilos es la propia vida, y algunos de sus nudos llegan hasta el presente.

Leer como chamán

Leo mucho por trabajo. Leo literatura, preparo textos para dar clase. Estoy siempre leyendo como un chamán, como un iniciado: tarde o temprano tendré que descubrirles a los estudiantes algunos hallazgos. Me gusta mucho ese costado tribal de la literatura. Hay fotos de Leopoldo Marechal o de Enrique Pezzoni, con perdón de la soberbia comparativa, entre sus alumnos, y los cuerpos de ellos tienen la forma de los vigías, la linterna de los exploradores. Las hay también de Gabriela Mistral en fotos que registran algún tiempo de descanso entre acción y acción ejecutiva (sabrán que la Gabriela fue una incansable funcionaria educativa, además de Gran Maestra). Siempre que leo con mis alumnos intento juntar paralelas que sí se toquen para quitarle a la literatura ese alejamiento del pasto de la vida y para que brote lo que puede decirnos. Es una vieja idea de maestro, que Pezzoni resumió como crítico en su único libro, El texto y sus voces: “El crítico oye las voces del texto, elige unas a expensas de otras, las une por simpatías y diferencias a las que oye surgir de otros textos. Ese concierto que organiza es una literatura (de un momento, de un espacio)”.

El relato de Claudio Tamburrini lo leí a los 14 años. Estaba en un libro que circulaba en mi casa, me lo prestó mi tía Maruca con la promesa de cuidarlo y devolverlo. Se llamaba El libro del Diario del Juicio. Ella, que había escondido libros bajo tierra, me legaba con ese objeto un nudo con el que podía desatarse un mundo. El Nunca Más estaba en lo de mis compañeros de escuela, los Puricelli. Durante un largo tiempo, en lugar de prender la tele para ver Clave de Sol, prendíamos el Nunca más, y fantaseábamos con que la vecina algo ciega y de gafas negras que vivía sobre la calle de la esquina nos haría tareas de servicios de inteligencia y nos perseguiría.

Leí febrilmente el relato de Tamburrini, que mucho después se convirtió en una película. El tornillo de la cama, la ventana por la que salieron, las muñecas flacas que se desposaban por pura delgadez, las dudas por el día señalado, las amenazas de la Patota sobre la fuga, el temido traslado. Tamburrini relata los hechos con precisión de policial inglés. Mucho después me hice profesor y quise invitar a mis alumnos a leer un relato de enorme tensión como éste, en particular, por los modos de manejar la intriga y por la escena enunciativa: es una declaración, es un testimonio de los que se recogieron en elNunca Más, en el Juicio a las Juntas que luego se convirtió en libro. ¿Podía yo hacer eso? ¿Era eso literatura? Es un testimonio, lo que la crítica llama “literatura testimonial” y que ha tenido enorme desarrollo en América latina.

Nuevas literaturas

Recuerdo que hace unos años (2007), Josefina Ludmer acuñó un término que generó algo de rechazo, pero que nos cayó muy simpático a quienes consumimos historias en redes y en la web. Conocí ese concepto de “literaturas posautónomas” después de la serie de posteos de blog que terminaron con la novela Monserrat, de Daniel Link, y cuando leí con afán folletinesco las crónicas de oficina de Cristian Godoy en Facebook, de manera que no fue difícil entender lo que Ludmer quería decir: para ella, la literatura había perdió algo de la autonomía como campo diferenciado y específico con que se la conoció durante toda la Modernidad. Por eso, yo leía, con el mismo interés “por el secreto” del que hablé antes, esos textos virtuales, pero siempre con esa duda latente. “Che, ¿esto es cierto?”, “¿Es invento o está pasando posta?”.

Después de todo, Ludmer hablaba de una literatura que se veía (en obvia alusión a lo que por entonces ya era Lost y lo que sería después Netflix), y ahí podían estar Tamburrini, Link y Godoy para confirmarlo. Confirmarlo ante un ojo, mi ojo lector. Porque el relato de Tamburrini es un relato para ver, está plagado de objetos que reclaman la mirada: la cuerda con las frazadas, el clavo, la ventana, los cuerpos desnudos, el helicóptero haciendo la búsqueda, las luces de los autos. Podía yo, entonces, leer el relato de Tamburrini como un testimonio, o como literatura testimonial, así como leía los posteos de Link y Godoy. Y mi ojo de profesor o crítico, como señala Pezzoni, para armar este concierto que (ahora no dudo) es literatura. ¿Esto implica decir que un profesor tiene algo de crítico? Sí.

Hace poco leí con mis estudiantes adolescentes Dos veces junio, de Martín Kohan. Si recuerdan, el joven conscripto, chofer del doctor Messiano, espera su salida del partido de Italia y Argentina, en las afueras del Monumental (estamos en 1978), y en esa espera presencia dos o tres alusiones al horror. Una de ellas es la de una “chica (a la que ve pasar en una esquina oscura) que lloraba”. Aclara que apenas vio su cara, porque “corría al límite de sus fuerzas, pero ni siquiera eso le bastaba, y estiraba los brazos hacia adelante, volcaba todo su cuerpo hacia adelante”. Creo que aquí hay un rebote, como el rebote del que hablé antes: el rebote de lo real en lo realista, que se esfuma, igualmente, en un mismo artilugio narrativo.

Para distinguir realidad de relato debemos contar con un dato anterior, lo cual, claro, no tiene ninguna importancia en términos de lectura, porque la importancia está en los efectos que esa lectura produce. Tamburrini emplea la palabra “corriendo” 6 veces en 10 líneas. “Pasó el coche, nos paramos, seguimos corriendo”, “traspusimos un alambrado de púas corriendo de ahí, creo que alcanzamos a mover el coche inclusive”, “corriendo siempre, llegamos a otro coche, que recuerdo como un Fiat 600″, “nos fuimos de ahí, seguimos corriendo, dando vueltas, nos cruzamos con una persona que volvía a su domicilio, seguimos corriendo, a los minutos vimos un coche, las luces de un coche que giró”, “de ahí sacamos dos o tres camisas con las que nos cubrimos el torso; seguimos corriendo”.

El rebote de la historia de la chica que corre en la novela de Kohan contra el de los chicos fugados del relato de Tamburrini, que lo hacen desnudos por la calle luego del escape, condensa dos épocas y dos textos en un mismo cuerpo sobre el que se ejerce delito: son cuerpos torturados. Esa tortura atraviesa los textos argentinos a través del tiempo. Y esa continuidad rebota en una (mi) clase por un efecto de lectura, uno de cuyos movimientos permite una entrada, digamos programática, a eso que podemos llamar literatura argentina. Ese efecto rebasa el mero artefacto físico llamado “libro”: se compone de testimonios orales reconvertidos en materia de escritura, entradas de blog, posteos en redes y una novela. La pregunta por la literatura [¿qué es (la) literatura] necesariamente rebota, por lo menos en términos pedagógicos, en una reconsideración de sus contornos o definiciones rígidas, e incluye la (re)consideración de sus ámbitos de producción y circulación, y los espacios de lectura.

Cuerpos que rebotan

Pero volvamos a otros rebotes. Sarmiento cruza a Chile desde San Juan, después de una paliza mazorquera que lo deja sangrando, pero tiene tiempo de escribir la famosa frase que se tradujo como “Las ideas no se matan” en una de las paredes de los baños de la Quebrada de Zonda. La escribe en francés, lo cual exige también descifrar un secreto, o estar iniciado en otra lengua. También el cabo Leiva escribe en un cuaderno, apenas empiezaDos veces junio: “¿A partir de qué edad se puede empesar a torturar a un niño?”. Así, con falta de ortografía. La intervención, en ambos casos, es desigual: el conscripto corrige al “bruto” y el rosismo manda a traducir el “jeroglífico” de Sarmiento.

También Tamburrini relata un episodio de escritura mural. Lo escribe Fernández, otro de los fugados. Todos ya habían descendido y esperaban que Guillermo Fernández bajara, pero “tardaba; tardó aproximadamente 30 segundos, 60 segundos”. Años más tarde, cuando Tamburrini se reencuentra con Fernández, puede saber la razón de su retraso: “Con el mismo tornillo con el cual se había abierto la ventana, se entretuvo en escribir sobre la pared la leyenda ‘Gracias, Darío’ (uno de los guardias de la Mansión Seré). ¿Habrán conocido Tamburrini y sus compañeros la fuga que, en 1957, protagonizaron Jorge Antonio, Héctor Cámpora, Guillermo Patricio Kelly, John William Cooke, José Espejo y Pedro Gomis, huyendo del penal de Río Gallegos, lugar al que habían sido llevados por ser militantes de la Resistencia peronista? También ellos cruzaron a Chile (a Puerto Montt, a Santiago), como Sarmiento y como los miembros del Comité de fuga (recordarán) de los guerrilleros de Trelew que esquivaron los fusilamientos.

Hay otros cuerpos que rebotan, pero en trance, en las sombras, es decir, los muertos que ya no vuelven y a los que se invoca para que hablen en el presente. Tras ese secreto, Sarmiento oficia como médium ante Quiroga, para que explique los secretos que desgarran a un noble pueblo. Pero también hay cuerpos que son pesadillas en las mentes paranoicas, por ejemplo, y que también requieren de un trance: los relatos sobre monos de Lugones y Quiroga (”Yzur”, “El hombre que asesinó”), que retoman la literatura de la colonización europea de África con gesto vernáculo. Y los cuerpos que se presienten a través del bocado de tierra (geofagia), en la novela de Dolores Reyes (Cometierra). Son también cuerpos que desaparecen por violencia (de género, por femicidio). Otros cuerpos, otros delitos. La fuga es de otro orden (son desapariciones) y el lugar de llegada es un presentimiento que enfrenta con el mal y con la verdad de la muerte, esa fuerza maldita e imprecisa que signa el gótico nacional de las últimas dos décadas: Mariana Enríquez, por ejemplo. Pero ese es asunto para otra nota y es otro hilo del tapiz argentino. (INFOBAE)