2 diciembre, 2022

«Nunca había sentido el paso del tiempo tan fuerte como al tener un hijo en casa»

El autor guatemalteco presenta en simultáneo en la Argentina «Saturno», un texto epistolar, y «Un hijo cualquiera», varias miradas sobre los primeros años de paternidad. Por Milena Heinrich

Dos libros del escritor guatemalteco Eduardo Halfon se publicaron al unísono en nuestro país, «Saturno» y «Un hijo cualquiera»: el primero es un brevísimo texto epistolar al padre que escribió hace más veinte años, el segundo es el último que editó y allí reúne varios textos de los primeros cinco años de vida de su hijo, en ambos ser padre y ser hijo se iluminan y se ensombrecen, y también se bifurcan como la memoria, para volver sobre algunos de los temas que marcan el proyecto narrativo del autor: la infancia, la historia de su país, la de su familia, el desarraigo y la lectura.

Pocas veces dos obras de un autor llegan al mismo tiempo para mostrar las transformaciones de una voz narrativa, los temas, sus tonos, las deformaciones, o su continuidad. En Argentina la editorial Gog & Magog publicó «Saturno», el primer libro de Halfon que salió en el año 2003 y después circuló muy poquito, acaso por la beligerancia del texto contra un padre; la otra novedad que lanzó Libros del Asteroide es «Un hijo cualquiera», el último volumen de relatos que escribió desde Berlín. Dos eslabones de una cadena que se unen y dicen mucho sobre el proyecto narrativo del autor. Hay algo en ambos libros que se potencian y es la paternidad: como prisma, como detonante de memoria, o grito beligerante de un cambio tan radical como el que hizo el propio Halfon: dejar la ingeniería y nacer como escritor.

Hay un Eduardo Halfon de carne y hueso que nació en Guatemala y luego vivió en muchos países -ahora en Alemania-, que se formó como ingeniero y después se inclinó a la escritura, publicó muchos libros y es padre de un niño pequeño y se preocupa por las vacunas y la organización del colegio; y hay otro Halfon que está en sus libros, toma su nombre y es la voz literaria que guía sus últimos textos, donde él mismo reconoce un proyecto narrativo cuyo comienzo ubica en «El boxeador polaco». «Se va armando una especie de andamio o de sistema solar, que en realidad es un solo libro, lo que pasa es que lo he ido escribiendo por entregas, por etapas. Pero eventualmente lo que se publicará, cuando yo muera o cuando el otro Eduardo Halfon muera, es una especie de novela episódica de sus andanzas», dice a Télam en una videollamada desde su casa en Berlín.

La materia prima con la que Halfon construye su literatura podría decirse que es la memoria de su infancia, de su familia, de su país de origen, y también de experiencias y vivencias como el desarraigo (ha vivido en varios países), la muerte, el nacimiento, la violencia y la literatura misma, ese artefacto que lo transformó en uno de los más destacados autores de la región. «Aunque se parezca a mi realidad es todo ficción, yo siento que toda literatura es autobiográfica y es ficción, sean memorias, sea poesía, sea autobiografía. Emilio Renzi era Ricardo Piglia, Arturo Belano era Roberto Bolaño, Madame Bovary soy yo decía Flaubert».

Su primer libro «Saturno» es una carta de rabia a un padre tirano y agresivo y el hijo en esa misiva sólo le pide una palabra -que el padre no da-, quizá por eso, sea entonces, que el hijo decide llenar con palabras, mientras arma una colección de funerales, muertes y suicidios de escritores. «Era como si usted, padre, no tuviese noción de su poder. Su apatía era poderosa», le escribe. En cambio, «Un hijo cualquiera» tiene un potencial luminoso, aligerado por la pluma de un escritor que se ha convertido padre. Se trata de un conjunto de relatos que Halfon escribió en los primeros cinco años de vida de su hijo y en donde se cruzan la memoria de la infancia en Guatemala, la construcción del lector, el nacimiento del escritor y del hijo, el temor del padre por el dolor del hijo, o el retrato de la injusticia y la desigualad. «Estos últimos años han sido de absoluto desorden por la llegada de mi hijo, por la pandemia, porque hemos estado viviendo un año en cada ciudad, pero han sido los más fecundos en mi carrera literaria», cuenta.

-Télam: ¿Cómo dialogan estos libros?

-Eduardo Halfon: «Saturno» fue mi texto de entrada a la literatura, fue un grito, un berrinche terrible de un narrador que entra gritando y pataleando a la literatura, muy necesario en mi caso. Porque yo tuve que romper, deshacer, destruir, para poder construir algo nuevo. El ingeniero, el bien portado, el primogénito, todo eso lo tuve que explotar y lo hice a través de este librito. Y el narrador del libro se parece mucho a mí pero no lleva mi nombre, aunque tiene todos mis todas mis características, y el padre del libro se parece mucho a mi padre con la única salvedad de que mi padre está vivo, yo en el texto lo maté. Y esto psicoanalíticamente era muy importante: el hecho de matar al padre para poder huir a la literatura. Ahora, en el caso de esta nueva edición argentina, es muy interesante que llega a la misma vez que «Un hijo cualquiera», entonces es una vuelta al tema del padre, de la paternidad, pero ahora ya no escrita por alguien que es hijo sino alguien que, además de hijo, es padre. Ahora soy un hijo que también es padre y pues eso cambia la cosa de alguna manera.

-T: En «Saturno» se presenta el nacimiento del escritor, mientras que en uno de los relatos de «Un hijo cualquiera» se cuenta la muerte del Halfon ingeniero ¿cómo conviven la vida y la muerte en esa voz?

-E.H: Fue un cambio dramático el momento en donde dejo una vida y empiezo otra. Fue inesperado porque yo no venía de la literatura, no tenía ambiciones literarias o conocimientos literarios o anhelos de ser escritor, fue una sorpresa para todo mi entorno, mis amigos, mi familia. No hubo indicios, fue muy rápido y muy de repente. De la noche a la mañana había dejado una vida y entraba a otra. Con «Un hijo cualquiera» quería retomar ese cambio con más distancia.

-T: Y en ese contrapunto entre vida y muerte lo que se perfila es el tiempo, ¿cómo intervino la paternidad en esa forma de percibirlo?

-E.H: Nunca había sentido el paso del tiempo tan fuerte como al tener un hijo en casa. Es como tener un reloj de arena en frente tuyo y vas viendo el goteo de los gránulos día a día. Antes del hijo o de la hija sabes que el tiempo está pasando sabes y que estás acercándote a tu propia muerte, hay una mortalidad implícita pero con el hijo esa mortalidad se vuelve explícita. Tiene evidencia física de que el tiempo corre y corre rápido y es tu propia muerte la que estás viendo ahí. Entonces, el tema de la muerte, aunque yo no lo estaba buscando, en estos últimos seis años, pues me llamaba. Estas historias que aparecen en «Un hijo cualquiera» tocan el tema de la muerte pero de una manera muy distinta a «Saturno», donde me interesaba no sólo la muerte de escritores por mano propia, sino la muerte propia como metáfora.

-T: Y así como en la relación con el tiempo ¿crees que la literatura atravesó tu forma de escribir, en la medida en que impactó en tu forma de vivir?

-E.H: Es inevitable, es como la marea. Para empezar, cambia tu rutina completamente y para alguien que llevaba 15 años escribiendo a sus anchas eso fue algo muy dramático. Me costó muchísimo el primer año porque no lograba adaptarme rápido a esta nueva forma de vivir. Por otro lado, ya veo a mi padre de otra manera. Le tengo un poco más de paciencia, le tengo mucho más empatía, o sea, ya hay características de él que no puedo juzgar con tanta fuerza, con tanto rencor. Entonces, si uno cambia con la llegada de un hijo de una hija, evidentemente también cambia como escritor porque la escritura va a reflejar esto, tal vez no de manera explícita porque mis temas siguen siendo mis temas, mis temores siguen siendo mis temores, las historias que me llaman la atención siguen siendo las mismas, pero el que las está escribiendo de alguna manera cambió. Entonces, la pluma también escribe de una manera ligeramente distinta.

Esos cambios, aunque los intuyo, no los podría describir claramente, pero siento que mis lectores sí, que quienes han venido siguiendo este proyecto de libros probablemente notan algo ahora que no estaba antes.

-T: Además de la relación con el hijo o de la mirada de padre sobre lo que hace el niño, en estos relatos se vuelve a Guatemala, a la infancia.

-E.H: No esperaba que tener un hijo me activara memorias mías, de mi propia infancia, cosas que yo había olvidado o que había soterrado y de pronto veo una actitud en él y recuerdo algo de mi propia infancia, como espejo. Hay un detonante de la memoria a través de tu hijo y para un escritor que trabaja mucho con la memoria, como es mi caso, especialmente con la memoria de mi infancia, esos años 70 en Guatemala, ha sido muy rico desempolvar recuerdos.

-T: En «Canción», uno de los libros que se acoplan a este proyecto narrativo, decías en la escritura hay decir con respecto a la realidad. También en la paternidad anida casi una función social y política que es la memoria ¿se relacionan?

-E.H: No solo mi memoria sino la memoria familiar, la memoria de un pueblo, el judío, la memoria de mis padres, mis abuelos, toda una serie de memorias que te van llegando. Yo siempre he considerado la memoria la materia prima del escritor: una memoria falseada, una memoria que luego llevas a la ficción pero que sirve como detonante, como punto de partida para todo esto que vas a construir después. Las memorias política familiar social nacional o como latinoamericanos, que tanto nos hermana, con tanta historia nefasta, todo eso está implícito en el proceso de recordar.

-T: Hablás de historias nefastas y en este libro nuevo abordás mucho la violencia en Guatemala, el genocidio indígena, temas que también trabajaste en otros textos, a veces desde el desarraigo, otra como retrato epocal.

-E.H: Yo había estado evitando el tema de la guerra civil porque era una guerra que no consideraba mía, la viví lejos en Estados Unidos, primero, sobreprotegido en una burbuja de la clase media alta guatemalteca, una clase que sigue negando que todo esto pasó, que sigue negando el genocidio. Y no es hasta que encuentro la historia del secuestrador de mi abuelo, de «Canción», que empiezo a acercarme a ella. Pero no he dejado el tema, porque yo no me deshago de un tema al terminar de escribir un texto, no me lo quito de encima, creo que lo comprendo menos y sigo tratando de buscar otras maneras de narrarlo, otras puertas de entradas y eso me ocurrió con la guerra en Guatemala. (Telam)

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