29 noviembre, 2022

Tramas ocultas de la historia patagónica: los terratenientes, el exterminio indígena y los salesianos

(*) Por Carlos Espinosa

La historia patagónica, que se construyó sobre la base de numerosos equívocos, falsificaciones y ocultamientos, aún puede revelarnos circunstancias que sorprenden, inquietan y provocan mucho dolor. El historiador español José Luis Alonso Marchante se ha metido con valentía y con pasión, no exenta de seriedad profesional, en la trama del enriquecimiento impúdico y descomunal de su coterráneo José Menéndez. La obra se titula “Menéndez, Rey de la Patagonia” y contiene la biografía de aquel muchacho, natural de una pequeña aldea asturiana, que arribó pobre y solitario a Buenos Aires en 1866 con apenas 19 años y llegó a ser propietario de la fortuna personal y familiar más abundante de la Patagonia, con todos los matices de una vida signada por una ambición sin límites.

Para 1874, ya casado con una joven uruguaya hija de inmigrantes vascos, llamada María Behety, Menéndez se instaló en Punta Arenas, con la misión de cobrar las acreencias de una firma porteña mayorista de ramos generales. El mayor deudor era el marino, comerciante y rescatador de náufragos Luis Piedra Buena, consagrado años más tarde como héroe naval y precursor de la soberanía marítima argentina. Piedra Buena tenía un almacén en la ciudad chilena y como no podía pagar sus deudas tuvo que entregarle el comercio a Menéndez, que de esta manera inició su ascendente carrera mercantil y agropecuaria.

La detallada descripción que Alonso Marchante realiza sobre progreso de los negocios de Menéndez permite advertir que el asturiano no tuvo escrúpulos de ningún tipo, y contando con la complicidad de políticos y gobernantes, fundamentalmente los chilenos, pudo convertirse en dueño de inmensas extensiones de tierra fiscal, en donde se criaban, esquilaban y faenaban miles de cabezas de ganador ovino. Con llamativa habilidad Menéndez supo hacerse de socios y parientes muy poderosos, como Mauricio Braun que se casó con su hija mayor, Josefina, lo que hizo posible eliminar competidores y aumentar ganancias, generando las bases para la creación, en 1908, de la poderosa Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia, empresa aún existente con operaciones de diversa índole en toda la región.

Este magnífico libro, apoyado en abundante bibliografía y datos tomados por el autor en diversos archivos, no sólo pone en el centro del foco la vida de José Menéndez, sino que ilustra sobre el contexto social de los territorios patagónicos más australes previo a la llegada del hombre europeo, con referencias a los pueblos indígenas. Queda claro, así, que los pioneros emprendedores de la explotación ganadera no llegaron a territorios fueguinos que se encontraban desiertos, sin habitantes humanos.

Por el contrario Alonso Marchante deja bien documentada la presencia, con varios miles de años de antigüedad previa al siglo XVI, de las etnias yámana, ona, kawasqar, aöniken, selk’nam y haush, dedicadas a la caza de guanacos, pilquines, focas, lobos marinos y ballenas; a la captura de moluscos y la pesca variada. Y denuncia después la bárbara persecución y asesinato de miles de indios, impulsada desde fines del siglo XIX por los terratenientes ganaderos con la excusa de que los pobladores originarios les robaban animales.

El capítulo seis, del libro que comentamos, contiene los terribles argumentos de José Menéndez y otros latifundistas en la justificación del genocidio. Así, por ejemplo, el historiador Alonso Marchante reproduce declaraciones de Menéndez al periódico “El Diario”, de Buenos Aires, (junio de 1899) donde “declara que ’los selk’nam son de una rapacidad imponderable, roban por el placer de robar y gozan con destruir la propiedad ajena’. Asegura que podría tener 150.000 ovejas sólo en la estancia Primera Argentina, pero que los indígenas le provocan cuantiosas bajas y que, cuando son sorprendidos por sus capataces, ‘juegan con su risa taimada y silenciosa, haciéndose los tontos’, “

Más adelante aparece el asesino a sueldo Mac Lennan, un escocés de aspecto temible, que fue contratado por Menéndez para exterminar indios a balazos y armó una banda de forajidos que recorrían los campos con permiso para matar. Pero más horroroso aún es encontrarse con las razones que invoca el falsificador de historia Armando Braun Menéndez, nieto del fundador del clan, para explicar la extinción de los selk’nam “por una mezcla de su falta de adaptación al medio y de su impericia alimentaria, que les llevaba a comer alimentos en mal estado lo que provocaba, sin más, su envenenamiento involuntario”. Explicación perversa que buscaba seguramente ocultar otra forma de asesinato masivo, distinto al de los fusilamientos, que también es citada por Alonso Marchante. Este sistema consistía en degollar ovejas y dejarlas abandonadas en el campo, en cercanías de los refugios de los indios, con los cueros envenenadas con estricnina, lo que provocaba la inmediata muerte de los selk’nam que se acercaban para cortarlas, asarlas y comerlas. Y en este punto es oportuno advertir, como lo hace el escritor español, que los pobladores originarios mataron algunas pocas cabezas del ganado de los terratenientes porque sufrían hambre, dado que el principal recurso de sus ancestrales costumbres alimentarias –el guanaco- había desaparecido, por efecto del exterminio organizado por los ganaderos latifundistas, ante la competencia en el pastoreo entre la especie autóctona de la Patagonia y las razas ovinas introducidas.

Ante la difusión periodística de la matanza de indígenas ordenada por Menéndez y sus socios, con la complicidad de la policía y la justicia de Tierra del Fuego, un tiempo después surgió otro método para completar la total eliminación de “los salvajes indeseables” en los campos de los “hombres civilizados y emprendedores”. Mauricio Braun, yerno favorito de José Menéndez, antepasado directo del actual presidente de La Anónima y del jefe de Gabinete del gobierno nacional, dijo (y lo menciona Alonso Marchante) que aquel recurso era “el modo más barato de deshacernos (de los indios), más corto que dispararles, lo que es más censurable”. El nuevo sistema consistía en efectuar redadas, capturar a los indígenas vivos y trasladarlos después a las misiones de “obra evangelizadora” instaladas por la orden religiosa de los Salesianos en Río Grande e Isla Dawson.

En este tramo del libro su autor revela que el acuerdo entre los terratenientes liderados por Menéndez y los religiosos de Don Bosco, bajo la jefatura de Monseñor José Fagnano, tenía aspectos muy convenientes para los dos sectores. Los primeros se libraban de los ocupantes legítimos e históricos de las tierras usurpadas y se aseguraban una contención supuestamente solidaria y cristiana para los grupos despojados; los segundos recibían la pingüe ganancia de una libra esterlina por cada indio que debían albergar (suma equivalente a la que hasta ese momento los estancieros les pagaban a los pistoleros asesinos) y, además, sometían a los varones a una suerte de trabajo esclavo en los aserraderos donde se convertían los rollizos del bosque nativo en tablas de madera para la construcción de casas. Comenta Alonso Marchante que de esta manera, teniendo en cuenta que no pagaban salarios a sus obreros, los salesianos competían con menor precio de venta contra otros aserraderos de la región.

Las utilidades de este sistema de explotación de recursos humanos y maderables les permitió a los salesianos construir un pequeño imperio, que contaba con dos estancias que producían abundante carne y lana, y hasta llegó a operar con barcos propios que trasladaban la mercadería a las Islas Malvinas y puntos del litoral atlántico patagónico. Claro que este poder económico, administrado por Fagnano, también tuvo altibajos y sufrió críticas de quienes objetaban que los misioneros del Evangelio practicaran las artes del comercio. Finalmente, en 1912 se vendieron todas las propiedades y, por supuesto, José Menéndez compró las tierras de la disuelta misión de Nuestra Señora de la Candelaria, en Río Grande; y una empresa de amigos suyos, de capitales ingleses, adquirió el predio de lo que había sido la misión de San Rafael, en Isla Dawson.

Pero Alonso Marchante relata que los salesianos seguirán influyendo en la vida social y política dela región, advirtiendo que sus historiadores omitieron toda referencia a las crueldades cometidas por los terratenientes contra las etnias originarias de Tierra del Fuego. Uno de esos autores que contaron la historia bajo el dogma religioso fue el sacerdote Alberto De Agostini, quien en la primera edición de un libro suyo se animó a condenar los asesinatos de indefensos indígenas, pero después -ante las objeciones del gobierno de Chile, por presiones de los estancieros- eliminó varios párrafos para una reimpresión de la misma obra.

El investigador español que nos ocupa dice después que ”Lorenzo Massa (aquel sacerdote que fuera párroco y director del colegio San José de Carmen de Patagones) defendía públicamente la no participación de los estancieros en el genocidio indígena mientras privadamente bregaba por no hacer públicas las abrumadoras evidencias que relacionaban a Menéndez con la matanza, (diciendo) qué ganaríamos nosotros los salesianos?, absolutamente nada; eso sí, nos atraeríamos la enemistad de las familias Menéndez y Braun, y de todas las otras familias de Argentina y Chile íntimamente vinculadas a los Menéndez”.

Alonso Marchante también acusa al polígrafo salesiano Raúl Entraigas, vastamente conocido en el ámbito de Río Negro, su provincia natal, poniendo en su boca estas palabras: “Y la forma vertiginosa en que los infelices (los indios) iban desapareciendo, no por el plomo del blanco, como con harta ligereza y mal conocimiento de la verdad se suele afirmar también en letras de molde, sino por la incapacidad de su organismo virgen de defenderse contra los virus que inevitablemente acarrea la civilización”.

El libro se ocupa de las alternativas de la compleja relación de José Menéndez con sus hijos, relatando en detalle la crisis que se suscita por la sucesión familiar, tras la muerte de la esposa del magnate, ante las exigencias encabezadas por Alejandro Menéndez Behety, su hijo mayor. El asturiano emprendedor utilizó como mediador e interlocutor del conflicto al fiel yerno Armando Braun y no sin dolor dio un paso al costado del manejo de las múltiples empresas, dedicando los últimos años de su vida a viajar reiteradamente por Europa.

Tras su muerte, en su palacete de Buenos Aires en abril de 1918, se conocieron detalles pintorescos de su testamento, tales como la donación de 50 mil pesetas para la construcción del edificio de una escuela pública en su pueblo natal, Miranda, del ayuntamiento de Avilés, en la provincia española de Asturias; la adjudicación de un millón de pesetas al rey de España, Alfonso XIII, para los fines que el monarca resolviera convenientes; y la asignación de 150 mil pesos moneda nacional para la erección de un monumento a Magallanes en la ciudad de Punta Arenas. No surge del completo detalle del libro de Alonso Marchante que José Menéndez, aquel inmigrante pobre que se hizo inmensamente rico en tierras de Chile y Argentina, contando con la mano de obra de miles de trabajadores chilenos y argentinos, haya efectuado alguna donación póstuma con finalidad social en estos países que lo albergaron generosamente.

Vale apuntar que después de superar dificultades administrativas e impositivas la corona española finalmente recibió 830 mil pesetas, que fueron depositadas en una cuenta bancaria. De inmediato comenzaron a surgir, desde distintos rincones de España, las peticiones para que el rey dispusiera utilizar esos fondos en tal o cual obra educativa, de caridad o religiosa. Por último, más de diez años después de la muerte del donante, Alfonso XIII decidió destinar esos recursos para edificar la monumental Ciudad Universitaria de Madrid. Las construcciones sufrieron graves daños durante la Guerra Civil Española y quedaron convertidas en escombros, en el combate que se desarrolló en ese sitio entre fuerzas republicanas y franquistas, en el mes de noviembre de 1936.

“Menéndez, Rey de la Patagonia” de José Luis Álvarez Marchante, editado por Losada en nuestro país en noviembre de 2016, tiene prólogo de Osvaldo Bayer, quien sostuvo que se trata de “un libro definitivo sobre la verdad de lo ocurrido en el sur chileno y argentino conquistado por la civilización de origen europeo, el reparto de las tierras y el genocidio consumado con los pueblos originarios. Ya nadie –después de este acopio de pruebas- podrá señalar que las versiones críticas que surgieron a medida que se producían esos hechos eran exageradas o de pura imaginación”.

En la opinión del autor de esta nota la obra de Álvarez Marchante tiene el enorme mérito de lograr por primera vez el compendio de esa trama oculta de negociaciones políticas, corrupción y audacia comercial, junto con atropellos sangrientos contra pobladores y peones explotados que construyó el poderoso emporio de los Menéndez Behety y los Braun Menéndez. “Menéndez, Rey de la Patagonia” y “La Patagonia mirada desde arriba” de Martha Ruffini (que analiza la línea editorial y contenidos de la revista Argentina Austral que editaba La Anónima) son dos obras que no pueden faltar en la biblioteca de un lector crítico del pasado y el presente de esta región. (APP)

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